Cuidado de la democracia. Como norma política parece cosa buena.
Pero de la democracia del pensamiento y del gesto, la democracia del corazón y la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad.
José Ortega y Gasset.
Parlar del poder de la ciutat és parlar d'Assemblea, és parlar de Consell, d’Ajuntament, és parlar del més perillós morbo de la societat.
Tenim l'oportunitat de conversar amb el llenguatge dels gestos, els senyals, però també mitjançant el llenguatge dels silencis i de quina manera el silenci nostre o d'una comunitat pot estar dient molt.
Intentarem relacionar la humilitat amb el poder, sense entrar en més enunciats, només aquells que són bones intuïcions que ens fan pensar que és veritat, però que per a molts encara no han estat demostrats ni refutats. En definitiva, una pura conjectura. Crec que no, i per tant, com especulació vos propose una lectura:
El Principito
Antoine de Saint-Exupéry
… El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy simple y, sin embargo, majestuoso.
- ¡Ah, -exclamó el rey al divisar el principito- aquí tenemos un súbdito!
El principito se preguntó:
- ¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto?
Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.
- Aproxímate que vea mejor –le dijo el rey que estaba orgulloso de tener un súbdito.
….Tartamudeaba un poco y parecía molesto, pues el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada. Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba siempre órdenes razonables.
“Si yo ordenara, -decía frecuentemente- si yo ordenara a un general que se transformara en un ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería del general sino mía.”
- ¿Puedo sentarme? preguntó tímidamente el principito.
- Te ordeno que te sientes le respondió el rey-recogiendo majestuosamente un faldón de su manto de armiño.
El principito estaba asombrado. Aquél planeta era tan pequeño, que no se explicaba sobre quien podría reinar aquel rey.
- Señor, - le dijo- perdóneme si me atrevo a preguntarle…
- Te ordeno que me preguntes – se apresuró a decir el rey.
- Señor… ¿sobre quién ejerce su poder?
- Sobre todo contestó el rey con gran ingenuidad.
- ¿Sobre todo?
El rey, con un gesto sencillo, designó su planeta, los otros planetas y las estrellas.
- ¿Sobre todo eso?- volvió a preguntar el principito.
- Sobre todo eso… -respondió el rey.
- No era solo un monarca absoluto, era, además un monarca universal.
- ¿Y las estrellas le obedecen?
- ¡Naturalmente! - le dijo el rey-. Y obedecen en seguida pues yo no tolero la indisciplina.
Semejante poder maravilló al principito. Si él disfrutara de un poder de tal naturaleza, hubiere podido asistir en el mismo día, no a cuarenta y cuatro sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas del sol, sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se sintiera un poco triste al recordar su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia del rey:
- Me gustaría ver una apuesta de sol… Déme ese gusto… Ordénele al sol que se ponga.


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